martes, 9 de julio de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (CAPITULO 11)

CAPITULO 11

Iba subida en aquella moto, moral y físicamente destruida. Ahora si mi vida había dejado de tener sentido ¿Qué había hecho? ¿Cómo había hecho algo así? Esa no era yo. Jamás me iba a perdonar la atrocidad que acababa de cometer.

Solo deseaba llegar a casa y poder acostarme. Sentía tanto dolor en mis entrañas…
Pero una vez más, aquel desgraciado, no tuvo piedad de mi y en lugar de dejarme en mi casa, me llevo a la playa.

-          Ya estamos
-          ¿Me vas a dejar aquí?
-          No. Te llevo a tu casa y me presentas a tus padres

No entendía como podía odiar tanto a alguien.

-          No puedo andar, me duele.
-          Toma. Esto te quitara el dolor. – Me dio una bolsita de plástico, con polvo blanco dentro.
Es cierto que en el fondo, yo era una persona muy inocente a mis diecisiete años, pero sabía perfectamente cuál era el contenido de esa bolsa.
-          ¿Droga?
-          Mira bonita, esto vale mucho dinero, pero por ser tu, esta vez te lo regalo. Eso sí, si vienes a por mas, tendrás que pagar.
-          Yo no tomo drogas.
-          Llévatelo y veremos si las tomas o no.
-          Yo…
-          Y ahora llama a ese novio tuyo, le dices que te encontrabas mal y que venga a buscarte.
-          No quiero mezclarle en esto.
-          Pues tu misma.

Arranco la moto y se marcho.

Mire el envoltorio que me había dado en mi mano. Pensé en tirarlo y sé que es lo que debería haber hecho. Pero en lugar de eso, me lo guarde en el bolsillo, saque mi teléfono y llame a Mario.

-          ¿Si?
-          Mario
-          ¡Ana! ¿Qué te ocurre?
-          He salido a pasear y no me encuentro bien ¿Podrías venir a buscarme?
-          ¿Dónde estás?
-          En la playa
-          ¿Cómo has ido allí sola?
-          Quería pasear
-          Es peligroso Ana, a veces no piensas con la cabeza.
-          Por favor Mario. No me encuentro bien
-          Quédate tranquila Ana, salgo ahora mismo a por ti.

Como siempre Mario corría a mi rescate. Pero… ¿Qué pensaría si supiera lo que acababa de hacer?

Yo sabía que le horrorizaría, esto sí que no me lo perdonaría nunca.

Acaba de negarme  a mi misma cualquier tipo de ayuda de Mario o de mi familia. Lo que había hecho nunca lo entenderían. Ahora si debía guardar silencio pasara lo que pasara.

Mario no tardo en llegar y rápidamente me llevo a casa. Explicó a mis padres que no me encontraba bien y preocupados me llevaron a mi habitación.

Me despedí de Mario diciéndole que estaba muy cansada y preocupado me dijo que vendría al día siguiente a primera hora.

Mis padres me dijeron que me duchara y me acosara. Las chicas de servicio me servirían la cena en mi habitación.

Pese a que les explique que no tenía hambre, no quisieron escucharme. Tenía que cenar algo y el servicio me lo traería. Eso implicaba que no había discusión posible sobre el tema.

Hice caso a mis padres, me duche y me metí entre las sabanas limpias. No tenía ganas de discutir.

Miré mi habitación, tan limpia, tan blanca y tan pulcra. Que diferente al lugar en el que había estado.

Cuando el servicio trajo la cena apenas pude probar bocado. Tenía un dolor tan intenso en mi interior, que mi estomago permanecía cerrado.

Mis padres estaban preocupadísimos.

-          Ana. Vamos a llamar al médico.
-          Por favor mama, solo necesito descansar. Si mañana me encuentro igual llamas.

Aceptaron a regañadientes y me dejaron sola en la habitación para que pudiera descansar.

No se me iba el dolor, cada vez lo sentía más fuerte.

En ese momento recordé el paquete que me había dado el. No sabía qué hacer, pero debía tomar algo para que se me pasara el dolor.
Como pude me levante, lo busque en mi ropa y tras mirarlo varias veces lo abrí.

Me había dicho que era un narcótico muy fuerte y que debía disolverlo muy bien en agua.

Cogí un vaso, lo llene de agua y eche aquel polvo mientras revolvía para que se disolviera bien.
Lo miré y sin pensármelo más… me lo tome.

No tarde en sentir su efecto. No recuerdo si se me fue el dolor o no, pero sí recuerdo la sensación de tranquilidad que me embargo. Me sentía flotando en una nube y nada tenía importancia.

Todas mis preocupaciones desaparecieron y volvía a ser feliz, mientras una fuerte somnolencia se apoderaba de mí.

En ese momento no repare en que todo era artificial, ni me imaginaba que a partir de ese momento, iba a necesitar siempre esa felicidad ficticia.

Tampoco imaginaba las cosas que llegaría a hacer por obtener aquella felicidad.


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