lunes, 1 de julio de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (CAPITULO 4)

CAPITULO 4

Reconocí al chico que había visto esa mañana cuando fui de compras.

Note que había bebido o consumido algún tipo de sustancia. Sentí miedo, notaba la furia reflejada en sus ojos.

-          ¿Qué quieres?
-          Así que eres la pimpollo del tipo que me ha dado la paliza esta noche.
Recordé lo que me había dicho Mario de que les habían intentado robar y me di cuenta de que el era la persona que les había intentado robar.
-          ¿Quieres dinero? Tengo mucho, puedo darte el que quieras.
El se empezó a reír.
-          ¿Por qué iba a querer dinero?
-          Tú… tú has intentado robar a Mario.
-          Sí, pero eso era antes. Ahora es ahora.
-          No me hagas daño por favor, yo no te conozco, no tengo nada que ver en lo que ha sucedido.
El no decía nada solo me miraba con desprecio mientras yo seguía tirada en la arena.
-          Vosotros los niños pijos creéis que lo compráis todo con vuestro dinerito. Bueno, el de vuestro papa.
-          No…
-          Si. Pero dime ¿Quién te va a ayudar ahora? ¿Para qué te sirve ahora el dinero de papa?
Cuando se abalanzo sobre mi todo sucedió rápidamente, pero a su vez yo lo veía pasar a cámara lenta. Sabía que iba a abusar de mí, pero no sabía que es lo que haría después conmigo.

Mientras sentía sus manos sobre mí, intente dejar la mente en blanco, suplique que me dejara y volví a ofrecerle dinero.

Nada impidió que culminara su atrocidad y me violara.

Cuando termino, tan solo me miro con desprecio y me dijo:
-          En el fondo se que eres como yo y sé que vendrás a buscarme. Tu sitio no está con ellos y te mueres por conocer mi mundo.
-          No…
-          Si, cuando te decidas, búscame. Sabrás en que lugares encontrarme y te enseñare el mundo que deseas conocer pero que hasta ahora no te has atrevido ni has sabido como buscarlo.

Se marcho dejándome allí tirada, no supe cómo reaccionar, estaba como en trance. No solo había abusado de mí, sino que además me había dicho que volvería a buscarlo.

Con manos temblorosas me vestí como pude, quería marcharme a casa pero sabía que todos se preocuparían. Debía volver a la fiesta y poner una excusa para poder irme.

Volví como pude y me dispuse a enfrentarme a Mario. Le explique que me dolía mucho la cabeza y que no me encontraba bien.

Mario encantador, como siempre, se ofreció rápidamente a llevarme a casa. Acepte su ofrecimiento ya que no me apetecía discutir.

Debí correr  a la fiesta y contarles lo que había sucedido. Nunca debí guardar silencio. Si llego a decir lo que me había sucedido, el hubiera dado con sus huesos en la cárcel y yo no hubiera pasado por todo lo que pase después por el.

Cuantas cosas cambiaria a día de hoy, cuantos errores evitaría cometer.
Cuando llegue a casa me despedí rápidamente de Mario y agradecí que mis padres estuvieran acostados.

Me fui directa a mi habitación, me quite la ropa y la metí en bolsas. Salí al jardín y la queme. Mientras ardían en el fuego, en mi mente se repetían una y otra vez las imágenes de esa noche y las palabras que me había dicho antes de irse: Me buscaras.

Sentí rabia, odio, ira y tristeza.

Volví a mi habitación y me metí en la ducha. Quería quitarme todo rastro de lo sucedido esa noche.

¿Por qué no grite mas fuerte pidiendo ayuda? ¿Por qué cuando volví a la fiesta no dije nada?
Cuando me metí en la cama no sabía que iba  a hacer al día siguiente.

Debía hablar con mis padres, debía decirles lo que me había ocurrido para que me acompañaran a comisaría a denunciar.
No podía dejar que quedara impune lo que aquel desgraciado me había hecho.

Debía pagar y yo haría que pagara.

Esa noche no recuerdo cuando me venció el cansancio, pero cuando lo hizo… tenía decidido que al día siguiente hablaría con mis padres y con Mario.


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