domingo, 6 de octubre de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (CAPITULO 22)

CAPITULO 22

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Estaba sola. Fue entonces cuando me di cuenta de que ya no tenía  a nadie. Mi padre no estaba, mi madre renegaba de mi, Mario había desaparecido de mi vida, mis amigas… nunca volvería a saber de ellas y Jose luis acababa de apartarme de su vida.
Lo había perdido todo.

Los policías me miraban con lastima, uno de ellos puso su mano en mi hombro y me dijo:

-          No te preocupes, ahora vendrá el comisario. Y te pondrán un abogado de oficio.
-          ¿Abogado?
-          Si, lo vas a necesitar.
-          Pero… ¿Iré a la cárcel?

En ese momento entro el comisario y el policía no pudo responderme.

-          ¿Qué tenemos aquí? – Cogió unos papeles sin esperar la respuesta.

Cuando termino se quedo mirándome.

-          ¿Tienes abogado?
-          Creo que no. – Respondí
-          No han atendido sus llamadas. – Respondió uno de los policías.
-          Está bien. Cuando vayas al juzgado un abogado de oficio te esperara allí.
-          Pero… ¿Ire a la cárcel? – Volví a preguntar.
-          Me temo que si, aunque no te tendrán mucho tiempo.
-          No quiero ir a la cárcel.
-          Eso hay que pensarlo antes muchacha. No sé en que pensáis cuando os metéis en estos líos.
-          Yo no debería estar aquí.
-          Eso es verdad, eres demasiado joven para estar metida en este lio ¿Y tus padres?
-          Mi padre murió y mi madre… no quiere saber de mí.
-          Ay muchacha…
-          ¿Qué va a ser de mí?
-          No lo sé. Dime ¿De dónde sacaste el paquete?

Me quede callada. Era joven, pero no era tonta. Sabía muy bien que pasaba con los que hablaban de más.
-          No te aconsejo que les protejas. La cárcel es un sitio duro.
-          Yo no sé nada.
-          Piénsatelo. No te van a ayudar. Eres tú misma la única que puede ayudarte.
-          A mí me lo dieron y tenían que llamarme para decirme donde entregarlo.

Mentí para proteger a Jose Luis. Por miedo y porque seguía pensando que me iba a ayudar. 

-          Está bien. Firma aquí. Mañana pasaras ante el juez y que dios te ayude niña, ya que a mí no me has dejado.

Me volvieron a llevar al calabozo y mirando al policía repetí:

-          Yo no debería estar aquí.
-          Lo tenéis todo y siempre queréis más. – Dijo el sacudiendo la cabeza.

No podía juzgarle por pensar así. No conocía mi historia y demasiado comprensivos estaban siendo todos conmigo.

El comisario me había dicho que al día siguiente vería al juez y que un abogado me acompañaría.
No me iba a servir de mucho, pero al menos no estaría sola. No importaba que fuera un desconocido al que yo, seguramente, le daría igual.

Tampoco entendí porque Jose Luis me había dicho que no le llamara mas, que no podía ayudarme. El me había asegurado que si ocurría algo, me ayudaría. Que su gente me sacaría.

Esa noche no pude dormir, mi cabeza no dejaba de dar vueltas.

Cuando vinieron a buscarme, yo ya estaba sentada en mi camastro esperando.

-          Toma. El comisario nos ha mandado traerte esto. – Era una bolsa, con jabón, cepillo, toalla y un vestido.
-          ¿Por qué?
-          Es importante que no ofrezcas una mala imagen al juez.
-          Gracias. – Sonreí como pude.

Se marcho. Yo me quede arreglándome. No era un efecto milagroso, pero al menos estaba limpia y peinada.

A la hora, más o menos, vinieron los policías. Ahora si había llegado el momento. Volvimos a recorrer los mismos pasillos de cuando llegue, pero ahora tenía miedo de abandonarlos.
Aquel comisario y aquellos policías, me habían hecho sentir segura después de mucho tiempo.
Me metieron a un furgón y me condujeron a los juzgados.

Al llegar me acompañaron a una pequeña habitación, donde me esperaba un chico muy joven. Era el abogado de oficio.
Este apenas me miro. Solo estudiaba unos papeles que tenía ante sí. Daba la sensación de que se acababa de enterar de quién era yo y de lo que me acusaban.

Pensé en mi familia. Ellos disponían de todo un buffet que les llevaba todos sus asuntos legales.

Cuando pasamos donde el juez, todo debió ser muy rutinario, ya que no tardamos mucho tiempo. Yo no me enteraba de nada, no entendía lo que decían y solo les observaba.

Cuando el juez, me pregunto a mí, volví a mentir.

-          ¿Sigue diciendo que el paquete es suyo?
-          Si
-          ¿Y no sabe quien se lo dio?
-          No.
-          ¿Quién le mando hacer ese trabajo?
-          No lo sé.

Seguía con el miedo de delatar a Jose luis, yo sabía muy bien de que era capaz, y con la esperanza de que me ayudara.
¿Cómo iba a pensar que el ya se había olvidado de mi? ¿Qué respiraba tranquilo sin mi incomoda presencia?

El juez insistía diciéndome que si no decía nada, sería peor. Tendría una pena mayor y que yo era muy joven para llevarme esa responsabilidad.

Sé que mi juventud le importaba poco a aquel juez, el solo quería sonsacarme. Pero estaba tan sola y tan falta de cariño, que cualquiera que me dijera algo agradable, derrumbaba mis barreras y me parecía una persona con gran corazón.

Pese al tiempo que llevaba en la calle, era como un cachorrito abandonado y herido, que solo necesitaba que alguien le acariciara y cobijara.

El juez se canso de insistir y solo me dijo que era una tonta por protegerles y que la cárcel era más dura que la calle.

Aquello si me asusto, no sabía que esperar de ese lugar. No podía imaginarme ni como era.  Había visto muchas películas, pero dudaba que tuvieran algo que ver con la realidad.

El juez, decreto mi ingreso en prisión. De los juzgados iría derecha a la cárcel. No pasaría otra vez por comisaria.

Los policías vinieron para realizar el traslado. Según subía al furgón les pregunte:

-          ¿Cómo es?
-          ¿El qué?
-          La cárcel.
-          No tenias ni idea de en que te metías ¿Verdad?
-          No
-          Estos críos… Actuáis sin medir las consecuencias.
-          Pero… ¿Cómo es?
-          Ahora lo veras. Pero no esperes un campamento de verano.


Me ayudaron a subir y arrancaron, rumbo a mi nueva vida entre rejas.

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