lunes, 7 de octubre de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (CAPITULO 23)

CAPITULO 23

Hice el traslado a prisión temblando por dentro.

Cuando llegue a ingresos, sentí un leve alivio al ver que podía utilizar mi ropa. Supongo que había visto muchas películas y eso era lo que esperaba encontrarme.

Ese alivio se transformo en vergüenza al ver que tenía que desnudarme íntegramente para que me registraran ¿Qué pensaban que podía llevar encima?

Una vez más sentí, lastima por mi ¿Qué pensaría mi padre si llega a estar vivo y me ve en esa situación?

Mientras me desnudaba solo pensaba en el. Lloraba amargamente, mientras mis ropas caían al suelo.

Ahora si llore amargamente por mi padre. Es como si mi corazón se destrozara, de golpe, por  toda la pena.

Recordé a aquel hombre que tanto había dado por mí.

Como  siendo niña me llevaba a dar largos paseos por el campo.

Pensé en su cabello canoso y como yo corría a darle un beso por las mañanas.

¿Cómo serian sus días cuando apenas nos hablábamos?

¿Cuánto lloraría por las noches al saber que su única hija había caído en las drogas?

Lo que sufriría cuando tuvo que empezar a negarme lo que antes siempre me daba con complacencia. El, que jamás me negó nada.

En ese momento las funcionarias me dieron permiso para vestirme, pero yo apenas les escuchaba.  Solo pensaba en la imagen de mi padre mientras Mario le explicaba lo que había visto.

Imaginaba como debió sentirse mi pobre padre, cuando Mario le dijo que me había visto trabajando de prostituta.

Pensar en su hija ejerciendo esa actividad debió matarle antes que el infarto.

Eso era lo que más me revolvía. Por primera vez me sentía responsable de la muerte de mi padre y eso hizo que deseara morir yo también.
Yo adoraba a mi padre. El era todo para mí.

Mi madre… mi madre me quería pero sentía adoración por su marido. Por eso me culpaba  de su muerte.
Por eso y porque realmente era responsable de la misma.

Tampoco para ella debió ser fácil todo lo que paso conmigo. Aunque siempre fue más distante, también ella me quería mucho.

Con lo que le costó quedarse embarazada, mi nacimiento era la culminación de un amor y una vida en común. Siempre soñó con lo lejos que iba a llegar su hija.

Nada le hacía sospechar que lo lejos que iba a llegar su hija era a la droga, prostituirse y terminar en una cárcel.

Creo que por un lado me alegraba de que me hubiera dado la espalda. No soportaría que mi madre me viera en esa situación.

Mi padre, mi madre, Mario, mis amigas…

¿Qué sería de ellas?  Que sería de aquellas amigas con las que tan buenos momentos pase a su lado.

Tantas risas, tantas lágrimas que compartimos.

Cuando ya fue evidente donde estaba metida dejaron de llamarme. Dejaron de intentar ayudarme.

Supongo que me dieron por perdida y no se equivocaron.

Estaba totalmente perdida para el mundo.

Nadie de mi círculo se acordaría ya de mi, total para que.

Ana estaba equivocada todos derramaron muchas lágrimas cuando desapareció y nadie sabía de ella.

La imaginaban muerta o en cualquier calle de mala muerte. La buscaron, la buscaron mucho, hasta que el tiempo paso y todos dejaron de buscar.

Cuando se cerraron las puertas de mi celda, mi vida se quedo tras ellas.

Hoy empezaba mi nueva vida o más bien se acercaba el fin de la misma.
Desde que se cerraron aquellas puertas, mi anterior vida, definitivamente, quedo atrás.
Ahora era un número más de aquella prisión y ni mi apellido, ni mi familia no me iban a librar de las penurias que pasaría en prisión.


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