viernes, 11 de octubre de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (CAPITULO 27)

CAPITULO 27

No recuerdo mucho, solo lo que me contaron. Estuve un tiempo sin oxigeno, por lo que perdí el conocimiento.
Me dijeron que una funcionaria al hacer la ronda, me había visto y en seguida me descolgaron.
Tuvieron que reanimarme porque no reaccionaba.
No sabía que en aislamiento estabas más vigilado y que las rondas eran casi continuas.

Me desperté en una cama, no sabía dónde estaba. Tampoco me importaba.

Comencé a llorar de la rabia que sentía por seguir viva. Ni tan siquiera el matarme me salía bien. No entendía cómo diablos también había fallado en eso.

No  había nadie en el mundo con peor suerte que yo.
Por no saber, no sabía ni matarme en condiciones.

Cuando desperté en esa cama, pensé que estaba en enfermería otra vez. Aunque el lugar no me recordaba a la misma.


Al menos allí estaba segura y me trataban bien, así que no era tan malo.

Me equivoqué. Esta vez me toco conocer otra parte de la prisión. Psiquiatría.

Mientras estuve en cama recuperándome no vi mucha diferencia con la enfermería.
La única diferencia es que estaba más vigilada y venían mucho a ver como estaba. El control era extremo. Lo malo vino cuando empecé a recorrer ese sitio.

Nunca pensé que hubiera gente en esas condiciones. Y yo me quejaba de mi estado mental y físico.

Jamás había visto personas tan destruidas. Ellos sí que eran muertos vivientes.

Estaban tan medicados que no eran capaces de ver a la persona que estaba a su lado.

Qué tristeza sentía al ver a aquella gente.
Claro que quien me viera a mi sentiría la misma pena.

En ese momento creo que entendí porque aquel policía o la funcionaria habían sentido simpatía por mí. Me veían igual que yo veía a aquellas personas.

Me veían como un ser acabado. Digno de la lastima de los demás.

Esta vez deseaba salir de ese lugar. Me daba igual volver a mi vieja celda o incluso a la de castigo. Pero aquel lugar era mucho más triste que el resto de la prisión. No me hacia ningún bien estar rodeada de gente que aun estaba peor que yo.

Mi vida allí, transcurría más lentamente. Si bien es cierto que me  trataban muy bien., odiaba aquellas medicaciones que me hacían perder la noción del tiempo.
La parte buena es que allí si  me dejaban tener mis libros e incluso me animaban para que leyera.
No había muchos funcionarios, así que mi trato era con civiles como médicos y enfermeras.
Cada día, parecía una semana, el tiempo no avanzaba y mi condena me parecía aun mas eterna. No quería caer en el letargo de los demás.

No quería estar allí. No sé el tiempo que pase en psiquiatría, me valoraron muchas veces y supongo que cuando vieron que no era un riesgo para mí, ni para el resto, cumplieron mi deseo y me devolvieron a mi celda de siempre.

-          Te dije que tuvieras cuidado. – Me dijo la funcionaria.
-          Lo sé.
-          ¿Cómo se te ocurrió enfrentarte a ellas?
-          Nombraron a mi padre.
-          Tienes que ser más lista niña.
-          Es que mi padre… usted no sabe todo lo que ha pasado.
-          El no vive ¿verdad?
-          No. Yo lo mate.
-           
Su cara cambio de color, pero al ver mi sufrimiento imaginó que detrás de aquellas palabras, había mucho más.

-          ¿Por qué no me cuentas tu historia muchacha?
-          Es larga
-          Tengo tiempo. – Me sonrió.

Le conté mi historia mientras ella me miraba con el horror reflejado  en su rostro. Le conté todo. Le hablé como jamás había hablado a nadie. Le conté como fue mi infancia, como cambio mi vida, las equivocaciones que cometí después. Por primera vez pude desahogarme con alguien.

-          Chiquilla, ¿como se puede cometer tantos errores? ¿Por qué no confiaste en tus padres?

Le mire con lágrimas en mis ojos. Ese era mi problema. Que me había equivocado muchas veces. Demasiadas en mi corta vida.

Cuando lo pienso desde la distancia, incluso yo misma, me sorprendo de lo mal de hice las cosas.

Si hubiera hablado con mis padres desde el primer momento, ellos me hubieran ayudado y no sería yo quien estaría ahora mismo en la cárcel.

El lugar de eso, opte por el camino de la mentira y eso me llevo de una desgracia a otra.

Gracias a eso fui perdiendo mi vida poco a poco y sin remedio… hasta terminar en esta cárcel de mujeres. Donde mi única mano amiga era aquella funcionaria que me miraba con los ojos llenos de lágrimas, apiadándose de mí.

-          Desde que te ví, supe que este no era tu lugar niña. Ahora me doy cuenta porque.
-          ¿Por qué? – Pregunté con la inocencia de una niña.
Por eso mismo, porque tú no te mereces estar aquí. – Y diciendo eso, se dio la vuelta y se marchó

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