domingo, 13 de octubre de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (CAPITULO 29)

CAPITULO 29

Habían pasado casi cuatro años en prisión preventiva, cuando me llego una carta. Llegaba la hora de pagar mediante una sentencia los errores cometidos en el pasado.

Era el auto del juicio, ahora entendía perfectamente lo que ponía y de lo que se me acusaba.

También sabía que iba a necesitar un abogado, que no podía pagarme.

Cuando abrí aquel sobre todo mi cuerpo comenzó a temblar.

No me sentía con fuerzas de enfrentarme a un juicio. Iba  a tener que ir con un abogado de oficio, para el que mi caso sería uno más.

Con mi madre tampoco podía contar. No podía llamarle y explicarle tantas cosas.

Pensé en lo que había hecho y la verdad, tampoco un abogado me iba a ayudar demasiado. Solicitaría uno de oficio, que utilizaría mi caso para hacer su buena acción, pero sin tomárselo en serio.

Estaba en el patio, con mi sobre, cuando Carmen se acerco.

-          ¿Qué te pasa pequeña?
-          Nada
-          Tu siempre estas absorta en tus libros y hoy estas aquí, mirando al vacio y con cara de preocupación.
-          No es nada de verdad.

No quería seguir dándole molestias y preocupaciones, bastante había hecho ya por mí.
-          ¿te han molestado las demás presas?
-          No

Me miro seria y me dijo algo que hizo que toda mi vida pasara delante de mi.

-          Ana…
-          Dígame
-          Estas aquí por cometer el error de no contar con nadie. De ser incapaz de dejarte ayudar. No cometas otra vez el mismo error.

Le mire y comencé a llorar como una niña pequeña que necesita el cobijo de unos brazos.
Ella me abrazo y ya no me pude contener.

-          Me ha llegado la notificación con la fecha del juicio.
-          Bueno, pero eso no es para llorar pequeña. Debes estar feliz. Demasiado ha tardado.
-          Ya, pero yo estaba tranquila.
-          No. Estabas resignada a estar aquí y esto no es futuro para alguien como tú.

Le mire y vi que sonreía, yo seguía sin entender sus palabras. No las entendí, pero me había quitado la opresión que sentía en el pecho.

Esa mujer tenía una calidez en su tono de voz y una suavidad en sus palabras, que hacía que te sintieras tremendamente protegida en su presencia.

-          Bueno, tengo que hacer todos los papeles para solicitar el abogado de oficio y esas cosas.

Ella me miro extrañada.

-          ¿Qué dices?
-          Señora Carmen, no puedo ir al juicio sin abogado.
-          Claro que no pequeña. Tienes que ir con un abogado.
-          Pues por eso, tengo que solicitarlo.
-          No niña. No tienes que solicitar un abogado de oficio
-          No entiendo…
-          Solo tienes que nombrarlo. Tu ya tienes abogado
-          ¿Cómo?
-          Mi marido te va a representar.
-          ¡Su marido es un abogado carísimo!

Ella comenzó a reírse suavemente.

-          Sí, creo que sus honorarios son altos, pero no para ti pequeña. A ti te va a defender gratis.
-          ¿Gratis?
-          Si
-          No puedo aceptarlo, ya han hecho mucho por mí.

Una vez más, me miro muy seria, me cogió las manos y me dijo.

-          Ana, tu no tenias que estar aquí. Un desgraciado rompió tu vida. Tu cometiste el error de intentar solucionarlo sola. Pero no te merecías todo lo que te paso. No me mires así.
-          Yo no sé cómo agradecérselo.
-          Mi agradecimiento será el día que por fin recuperes tu vida y vea tus ojos brillar. Cuando te gradúes y te conviertas en una gran abogada. Ese será el día más feliz de mi vida

Ella se dio la vuelta para marcharse, pero una pregunta broto de mí.

-          ¿Por qué hace tanto por mí?

Ella se quedo quieta, no se dio la vuelta, sentí que había tocado algo que no debía tocar y que esa mujer tan bondadosa, también sufría por dentro.

Se dio la vuelta y me miro.

-          Porque yo fui madre una vez. Y otro malnacido desgració la vida de mi hija.
-          Lo siento – balbucee.
-          Por ella ya no puedo hacer nada, porque me la mataron. Pero si lo puedo hacer por ti.
-          Yo…
-          Mi marido no solo te va a defender, va a pelear tu caso con uñas y dientes para sacarte de este lugar. Vas a recuperar tu libertad y tu vida.

Dio media vuelta y se fue. Ahí fue donde entendí muchas cosas de aquella  mujer.

Ella también tenía una historia de dolor y sufrimiento.


Desee poder ayudarla y sanar sus heridas. Una mujer así no merecía sufrir.

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