lunes, 14 de octubre de 2013 | By: Nerea Uzquiano

LAS LAGRIMAS DE ANA (CAPITULO 30)

CAPITULO 30

Yo nunca había visto al marido de Carmen. Solo que provenía de una de las familias más importantes de Barcelona y que su buffet de abogados, era uno de los más prestigiosos del país.

Conocía a esa familia por mis padres, muchas veces les había escuchado nombrarlos. También mi familia pertenecía a ese mundo.

No sabía que esperarme cuando me llamaron para bajar a visitas.

-          ¿Visita? ¿Yo?
-          Si, su abogado quiere verla. – Me respondió la funcionaria de manera poco amigable.

Desde que había nombrado como abogado, al marido de Carmen, se escuchaban mil comentarios.
Nadie entendía que una persona así, pudiera representarme.

Es cierto que yo no podía pagarme ese abogado. Pero mi familia si hubiera podido. Claro que allí, poco sabían de mi familia, ni de quién era yo.

Cuando le vi, era exactamente como lo imaginaba. Se parecía tanto a mi padre.
Era un hombre mayor, alto, elegante y de pelo cano.

-          Siéntese.

Por un momento su brusquedad me dejo fría, no pude reaccionar y sentarme. Me quede mirándole. Supongo que esperaba encontrarme con la misma calidez que me daba Carmen y en su lugar aquel hombre me hablaba de manera fría y muy distante.

-          Que se siente

Obedecí sin pensármelo dos veces.

-          Muy bien, cuéntemelo todo y no omita ningún detalle.
-          Yo…

Al verme titubear se quito las gafas y me miro.

-          Carmen hace mucho me contó tu historia y me pidió que te ayudara. Por eso entraste en la facultad
-          Lo se
-          Déjame terminar.
-          Perdón
-          Si la historia es como Carmen me la ha contado, podríamos despertar la simpatía del juez, pero tengo que saberlo todo.
-          Yo no puedo delatar a nadie.
-          Empezamos mal, si vas a proteger a quien te metió en todo esto.
-          Usted no sabe
-          ¿El que no se? ¿Lo que hacen con los soplones?
-          Si
-          Claro que lo sé, pero permanecer callada, no te asegura que vivas.
-          Ya…
-          ¿Acaso no has visto como te han quitado del medio cuando les molestabas?
-          El no…
-          El sí. El sabía de sobra que ibas a ser detenida y por eso te mando y después dio el soplo. Estas aquí por tonta, pero está en tu mano. Puedes permanecer más tiempo aquí o salir.
Le mire con miedo en mis ojos ¿Debía confiar en el? ¿Por qué no? Si eran los únicos que me habían ayudado…
Yo quería salir, terminar mi carrera y vivir como cualquier persona de mi edad ¿Acaso no merecía otra oportunidad?

-          Está bien.

Por segunda vez en mi vida, comencé con mi relato. Tal y como había hecho con Carmen, se lo conté todo. De vez en cuando  debía parar, porque las lágrimas inundaban mis ojos. El no apuntaba nada. Solo me observaba.
No dejo ni un solo segundo de mirarme, con gesto serio, pero mas cálido que en un principio.
Según avanzaba mi historia, note, que su gesto se suavizaba, poco a poco.

Cuando termine, me miro moviendo su canosa cabeza

-          Carmen tiene razón, no deberías estar aquí.
-          Todo se complico
-          No, tu lo complicaste ¿Sabes que conozco a tus padres?
-          No por favor, mi madre no puede saber que estoy aquí.

El terror inundo mi mirada. Nunca podría enfrentarme a su desprecio otra vez. No quería escuchar mas reproches.

-          Eres mayor de edad, si no quieres que le diga nada, no lo haré. Pero hay algo que debes saber.
-          No, no quiero saber nada de mi pasado. Ya ellos me olvidaron, nunca nadie quiso saber que pasaba conmigo.
-          Eso no es verdad. – me respondió
-          ¿Cómo que no? Yo recurrí a mi madre y me colgó el teléfono. Ella no tenia hija me contesto.
-          Puede ser que en ese momento, tuviera mucha rabia por lo ocurrido con tu padre y toda la información que le llego de ti.
-          Yo era su hija y me dejo abandonada. Nunca se intereso por mí. Jamás ha venido a verme. No quiero escuchar nada de mi madre o mis amigos.
-          Estas muy equivocada Ana, solo espero que algún di, quieras escuchar la verdad.

Se levanto para irse y le pregunté asustada:

-          ¿No va a defenderme?
-          Por supuesto que sí, pero no vamos a preparar la defensa en un día. Por hoy ya ha sido bastante para los dos. Todos los días vendré a verte para que preparemos el caso.
-          Gracias por todo lo que han hecho por mí.


Creo que en ese momento, esbozo una leve sonrisa, pero no puedo estar segura.

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